En primer lugar quiero admitir que sí, que solo escribo de guindas a brevas. Pero tengo un motivo, y es que normalmente solo escribo para hablar de lo que me gusta, y no para criticar aquello que me disgusta. Y ello con excepciones vergonzosas para mí como no haber escrito nada sobre Argo (gran película de Affleck), pero también con contenciones de indignación que me honran, como A Roma con Amor.
En todo caso, en ocasiones no puedo más que escribir, aunque lo que escriba nunca merezca demasiado la pena, sobre cosas realmente emocionantes. Y el Hobbit ha sido una de ellas.
Y sé que no lo ha sido solo para mí. Fuera de lo que podrían ser criticas objetivas sobre el film, quiero centrarme en aquello que, supongo, le habrá pasado a muchos de los que hoy han acudido a los cines (viento y lluvia mediante) para reencontrarse con un mundo conocido
Cuando te encuentras por primera vez con la Tierra Media pueden pasar tres cosas: que te deje indiferente (incluyendo aquí a aquellos que aborrecen la fantasía, cosa que aun me resulta inexplicable), que te parezca entretenido, o que te fascine de tal forma que se convierta en uno de esos lugares a los que te gusta acudir de vez en cuando, en los momentos en los que la realidad es aburrida, o triste o incluso cuando ocurre algo excitante que te recuerda en cierto modo a aquellos parajes e historias épicas que llegas a aprenderte como si fueran parte de tu historia.
Cuando te encuentras por primera vez con la Tierra Media pueden pasar tres cosas: que te deje indiferente (incluyendo aquí a aquellos que aborrecen la fantasía, cosa que aun me resulta inexplicable), que te parezca entretenido, o que te fascine de tal forma que se convierta en uno de esos lugares a los que te gusta acudir de vez en cuando, en los momentos en los que la realidad es aburrida, o triste o incluso cuando ocurre algo excitante que te recuerda en cierto modo a aquellos parajes e historias épicas que llegas a aprenderte como si fueran parte de tu historia.